PROMETEO D.674 (1819)

(Prometheus)

 

Música de Franz Schubert (1797 - 128)

Texto de Johann Wolfgang von Goethe (1749 - 1832)

 

Bedecke deinen Himmel, Zeus,                          
Mit Wolkendunst
Und übe, dem Knaben gleich,
Der Disteln köpft,
An Eichen dich und Bergeshöh'n;
Mußt mir meine Erde
Doch lassen stehn
Und meine Hütte, die du nicht gebaut,
Und meines Herd,
Um dessen Glut
Du mich beneidest.

Ich kenne nichts Ärmeres
Unter der Sonn', als euch, Götter!
Ihr nähret kümmerlich
Von Opfersteuern
Und Gebetshauch
Eure Majestät
Und darbet, wären
Nicht Kinder und Bettler
Hoffnungsvolle Toren.

Da ich ein Kind war
Nicht wußte, wo aus noch ein,
Kehrt' ich mein verirrtes Auge
Zur Sonne, als wenn drüber wär'
Ein Ohr, zu hören meine Klage,
Ein Herz wie meins,
Sich des Bedrängten zu erbarmen.

Wer half mir
Wider der Titanen Übermut?
Wer rettete vom Tode mich,
Von Sklaverei?
Hast du nicht alles selbst vollendet
Heilig glühend Herz?
Und glühtest jung und gut,
Betrogen, Rettungsdank
Dem Schlafenden da droben?

Ich dich ehren? Wofür?
Hast du die Schmerzen gelindert
Je des Beladenen?
Hast du die Tränen gestillet
Je des Geängsteten?
Hat nicht mich zum Manne geschmiedet
Die allmächtige Zeit
Und das ewige Schicksal,
Meine Herrn und deine?

Wähntest du etwa,
Ich sollte das Leben hassen,
In Wüsten fliehen,
Weil nicht alle
Blütenträume reiften?

Hier sitz' ich, forme Menschen
Nach meinem Bilde.
Ein Geschlecht, das mir gleich sei,
Zu leiden, zu weinen,
Zu genießen und zu freuen sich
Und dein nicht zu achten,
Wie ich!



Cubre tu cielo, Zeus,
con vapor de nubes,
y ejercítate igual que el muchacho,
descabeza los abrojos
junto a las encinas y en las alturas;
pero tienes que dejar en pie 
mi tierra y mi cabaña, 
que tú no construiste,
y mi hogar,
por cuya llama
tú me envidias.

¡No conozco nada más pobre bajo los soles,
que vosotros, oh, dioses!
Vosotros nutrís miserablemente
con gabelas de sacrificios
y hálito de oraciones
vuestra majestad,
y careceríais de todo, 
si no fuera por los niños 
y mendigos locos llenos de esperanza.

Cuando yo era niño,
no sabía dónde entrar y salir,
volvía mis extraviados ojos hacia el sol, 
como si allí arriba hubiera un oído 
para oír mis lamentos,
un corazón como el mío
para apiadarse del oprimido.

¿Quién me ayudó
contra la arrogancia de los titanes?
¿Quién me salvó de la muerte,
de la esclavitud?
¿No has realizado todo tú mismo,
corazón sagradamente ardiente?
¿Y te inflamaste joven y bueno,
engañado, agradecido por la salvación
al durmiente allí en lo alto?

¿Honrarte yo a ti? ¿Por qué?
¿Has mitigado jamás
los sufrimientos del agobiado?
¿Has calmado jamás
las lágrimas del angustiado?
¿No me han forjado como hombre
el todopoderoso tiempo
y el destino eterno,
mis dueños y los tuyos?

¿Imaginas acaso
que yo debería odiar la vida,
huir al desierto,
porque no maduraron
todos los sueños en flor?

¡Aquí estoy, formo hombres
según mi imagen,
una raza que sea igual a mí,
para sufrir, para llorar,
para gozar y alegrarse
y no respetarte a ti,
como yo!



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Simón Nevado 2000